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Blanco y negro.

 


Porque estamos vivos nos emociona una puesta de sol, y si miramos en primavera una flor que acaba de abrirse respiramos más despacio para no agredirla, sabemos apreciar la belleza, el puro milagro.

La guerra sin embargo es el horror, malditos los que se aprovechan de esa circunstancia, los que juegan a ella, los que ganan con ella.

En estos últimos tiempos hemos aprendido mucho, hemos codiciado cada momento de paz y aborrecido ser utilizados hasta niveles que cuesta creer. Estamos siendo obligados a tomar partido constantemente. Pero tomamos partido ¿a favor de quién? ¿contra quién?

Somos seres humanos que sabemos discernir el bien del mal, lo blanco de lo negro, la salud de la enfermedad. Nuestra vida se erigió superando contrarios y siempre nos posicionamos para saber con quienes estamos y contra quienes estamos.

Así, dada nuestra naturaleza, nos definimos y nos identificamos discerniendo entre contrarios:

hombre mujer, pobre rico, izquierda derecha, oriente occidente.

Pero hemos llegado a la segunda década del siglo XXI y aunque los distintos poderes nos predisponen a posicionarnos contra, a odiar a los que están en el otro extremo, a no dialogar con los que son o piensan o pertenecen al otro lado de la ecuación los parámetros han cambiado, tenemos la obligación de levantarnos y ver -con nuestra inmensa inteligencia humana- la realidad.

Y la realidad es que: hombres y mujeres, blancos y negros, orientales y occidentales, buenos y malos, sanos y enfermos, izquierdistas y conservadores, ateos y religiosos, nacionalistas y constitucionalistas, ciudadanos y aldeanos, niños y adultos, jóvenes y viejos, y un sinfín de opuestos más -según nuestro lenguaje- ya no son adversarios, que el enemigo es el lenguaje malicioso y todos los que tras ese lenguaje nos separan.

Todos los que contribuyen a que la sociedad esté dividida en bandos beneficiándose de nuestra vulnerabilidad y manejando nuestros sentimientos, además de convertir dicho conflicto en el tema de preocupación y objetivo de disgusto y odio, dejando libre el camino a los que caminan sobre las aguas y manejan el rumbo del cauce para conseguir sus metas.

El siglo XXI debe avanzar hacia la superación del ser humano, caminar al encuentro del perfeccionamiento y del amor. La tecnología tiene que acompañarnos para superar los trabajos tediosos y hacernos más fácil el camino. El tiempo, nuestro tiempo -ese bien tan escaso y tan preciado- lo necesitamos de toda la calidad, compartiéndolo, empleándolo en conseguir una cada vez mayor perfección cognitiva y espiritual.

Cualquier otra lucha (izquierda derecha, por ejemplo) nos aleja de nosotros mismos, de la flor que se abre en primavera, de la observación pura de la puesta de sol, son simplemente cosas del pasado.

Creo no equivocarme al afirmar que prácticamente la totalidad de la humanidad aspiramos a vivir más plenamente, más hermanados en un mundo en paz.

 

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